Ahí estaba él, enamorado de Lucía, mientras la veía caminar bajo la lluvia, mientas tomaba su café...
Todo de Lucía lo enamoraba más, aquellas manías que tenía, sus delicados ojos, sus ligeros pliegues que se marcaban cada que sonreía, ella era el soundtrack de su vida, Lucía era otra forma de poesía.
Él siempre tomaba el mismo tren que Lucía, simplemente para verla sonreír, para escuchar sus historias, para ver el atardecer a través de sus ojos, para poder verla empañar el cristal con su aliento y contemplarla sólo unos cuantos minutos. A veces él creía que sus sentimientos jamás iban a ser expresados, jamás iban a poder ser dichos en voz alta.
Su más grande deseo era poder pertenecer a ella, ser todo y nada a la vez, poder aprender uno del otro, abrazarla en la lluvia, acurrucarse en tardes frías, comer un helado y hacer de sus vidas una película.
Porque eso era Lucía, ella significaba la perfección y los defectos, un ser divergente.
Pero cómo iba a confesarle su amor, si ella no tenía ni idea de ese sentimiento hasta que una tarde, platicando de banalidades, él empezó a hablar balbuceando y tembloroso, tratando de explicarle todo lo que venía sintiendo durante años, decirle que la amaba, que entendía su sufrimiento, él quería parte ser parte de su felicidad, hacerla entender que no había nada más que necesitará en su vida que no fuera ella, porque si Lucía estaba a su lado, nada le faltaría.
No sabía muy bien cómo explicarle todo esto, nada le importaba más, en este punto, él creía que si no lo decía explotaría, simplemente quería abrazarla y darle todo lo que él tenía dentro de su corazón guardado desde hace tanto tiempo y sin prisas, hacerla feliz, una vida entera.
Para proponer y construir, para aprender, para que su voz fuera el camino y recordar este momento en el futuro cómo el inicio de su historia.
Mientras temblaba, le confesaba su amor, veía en los ojos de Lucía la sorpresa, el sol salía y la ciudad despertaba. Él se sentaba a su lado, sin pensar, sin hablar, esperando una respuesta, esperando que ella le tomará la mano y le correspondiera la mirada.
Pasaban los minutos y Lucía sólo veía al infinito sin darle una respuesta, el simplemente sabía que si tenía esa oportunidad, esa tristeza que había en su alma, jamás volvería.
Pero ahí estaba sólo tomándolo de la mano, sin decir nada y el, nervioso esperando una respuesta algo que jamás iba a llegar, a unas palabras que jamás iban a ser dichas, a ese beso que jamás iba a suceder y a este momento que poco a poco se esfumaba.
Pasados los minutos, Lucía volteó y tomó su hombro amistosamente, se acercó despacio hasta estar frente a frente, esperando el deseado encuentro de sus labios.
Justo en ese momento, donde él sabía que Lucía era la vida, la muerte, el sol y la luna todo en una misma mujer, justo ahí, ella lo soltó de la mano y se alejó caminando y perdiéndose en una sola dirección, para que así él despertará de uno de tantos sueños que tenía, en donde le confesaba su amor.
Un sueño más acerca de Lucía, porque ella era la mujer que jamás adivinaría sus sentimientos, aquella estrella fugaz que no avisa, la calle que nunca conocería, el viaje que jamás emprenderá y la esperanza que nunca morirá...