Uno esperaría que el día estuviera lleno de magia, lleno de brillo, rayos del sol inundando tu piel de vitamina D, de esos días donde todo el amor hasta se respira &; se te impregna una vibra tan jovial. En lugar de sangre, por tus venas corre azúcar, todo es felicidad, color, juventud...
Pero que pasa, cuándo ese día es más gris que cualquier día de otoño, donde la perspectiva no es ni rosa cómo anhelabas, no es ni siquiera algo aproximado a tus estándares de la "Primavera" &; en donde cada maldito minuto del día esta empapado de un tono de desesperanza, dolor y frustración. ¿Estaba narrando una tragedia griega?
Tengo que admitir que no era negro el panorama, pero tampoco era rosa, era lo más cercano a un equilibrio entre ambos, cómo el hijo pródigo de estos colores.
Un violeta, el día era una colina violeta, que estaba ahí esperando que la recorriera con éxito, que el éxtasis del día se basaría en haber escalado esa colina.
Paso tras paso, un resbalón tras cada metro que avanzas, un golpe tras cada caída por más pequeña que fuera &; si, así había transcurrido este maravilloso día de primavera, donde sentía el gélido frío oprimiendo mi pecho, donde las malas noticias me iluminaban mi día, donde el sol se digno a esconderse en el día más apropiado de todos &; en donde, a tú cabeza sólo se le ocurre lanzar una pregunta al aire, para que claro, tú humilde y estúpido corazón sufra todo el día. Gracias. Esa pregunta que te iba a estar taladrando hasta encontrar esa fibra suave de tu destrozada alma.
Sí se supone que me amas.
¿Por qué me dejas ir?




